Cuando el Dr. Hahnemann aplicó los principios de la homeopatía a sus pacientes, reparó en los niveles de fuerza interior y vitalidad que éstos experimentaban. Individuos que llevaban muchos años en malas condiciones de salud se percataron de que se sentían más sanos que nunca. A Hahnemann le resultó evidente, entonces, que no sólo había curado sus enfermedades especificas, sino también una parte esencial de ellos mismos, que al parecer formaba parte de su «presencia viva».
En su libro, El organón de la medicina, sugirió que esta presencia viva controlaba los aspectos físico, emocional y mental del bienestar o la enfermedad de cada persona, y que se relacionaba con su espíritu. A esta presencia le dio el nombre de -fuerza vital», y la describió como la fuerza que distingue a todos los seres vivos de todas las cosas que carecen de vida.

UN DELICADO EQUILIBRIO

Hahnemann notó que la fuerza vital, una especie de mecanismo equilibrante, podía resultar perturbada después de emplear grandes dosis de medicación, pero que también acusaba la influencia de los pensamientos y las emociones negativas. En consecuencia, la salud, el bienestar y la vida en si misma resultaban negativamente afectados. Hahnemann estaba convencido de que una sustancia en particular debidamente diluida, que se encontrase en armonía con la fuerza vital, restablecería el equilibrio de ésta última.
En otras palabras, la fuerza vital es la presencia viva (un mecanismo equilibrante) de la persona, y puede ser reconocida a través de los síntomas con los que se manifiesta, como por ejemplo una sintomatologia física capaz de tornarse patológica en ausencia de tratamiento, o bien una serie de síntomas emocionales que podrían desequilibrar la salud y el bienestar del
individuo.
Con el fin de estudiar los efectos de una sustancia en particular. Hahnemann trabajó con personas sanas que mostraban los síntomas físicos, emocionales y mentales intrínsecos de dicha sustancia. Registró todas sus observaciones y las difundió entre sus colegas homeópatas, además de probar muchas de las sustan- cias en su propio organismo y también en los miembros de su familia, por lo general con resultados prometedores.

MANTENER LA ARMONÍA

Hahnemann creía que la fuerza vital siempre debía mantenerse en armonía con su entorno, además de estable y equilibrada en momentos de crisis y desafíos. Si en cualquier momento de la vida de una persona ésta sufría una gran conmoción, algún tipo de traumatismo o una lesión, su fuerza vital haría lo que fuese necesario por compensar dicha experiencia, lo que le arrebataría su energía. Por ejemplo, cuando una persona sufre una conmoción, el organismo se ocupa inmediatamente de proteger el corazón y los órganos vitales; y la sangre, la energía e incluso la consciencia ralentizan su actividad para poder mantener a la persona con vida y estabilizar su metabolismo. Una vez remitida la  conmoción, el organismo vuelve a regularse, incrementando la circulación sanguínea y permitiéndole fluir nuevamente hacia la superficie, y también activando nuevamente la consciencia. Cada vez que una persona experimenta una conmoción, los nervios pierden actividad y el grado de vitalidad disminuye. Una gran conmoción bastaría para colapsar el sistema nervioso; la energía se retiraría de algunos órganos vitales y los sentidos perderían agudeza.

REACCIONES

Hahnemann descubrió muchas sustancias capaces de generar estados similares al provocado por una conmoción en el organismo. La planta llamada aconita, por ejemplo, es una de ellas. En su forma natural resulta tóxica, pero diluida —término que en homeopatía se expresaría como «potenciada»— tiene la capacidad de aliviar los síntomas de la conmoción. Instantes después de tomar este remedio, la circulación se restablece y los signos de la conmoción se suavizan.
La medicina homeopática se ocupa de analizar de qué manera la fuerza vital se protege y compensa a sí misma frente a las conmociones, los traumatismos, las lesiones, la pérdida y la separación, y de relacionar dichos síntomas con diversas sustancias, que son los remedios.
Gracias a esta disciplina es posible aliviar el estrés de una conmoción y sus síntomas compensatorios. y también tratar enfermedades crónicas.

LA DOSIS MÍNIMA

Mientras estudiaba los efectos de sus sustancias diluidas, Hahnemann comprendió que la dosis mínima era la más apropiada para estimular la fuerza. En efecto, en cuanto encontraba un remedio que coincidía con los síntomas de una persona, le recetaba una cantidad muy reducida para incitar a la fuerza vital a equilibrarse y así aliviar los síntomas. Sólo una dosis
mínima bastaba para que un remedio impulsara la fuerza vital hacia la curación. Por el contrario, el exceso de medicamentos sólo conseguía que la fuerza vital no se viese obligada a trabajar para recuperar el equilibrio, y que dependiera de una constante entrada de remedios para «arreglar» el problema. Y así el organismo se debilitaba en lugar de fortalecerse. En resumen, aportar la dosis mínima para permitir que la fuerza vital responda sin «ahogarse» en medicación es un importante principio de la homeopatía.

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